Muchas veces la gente pregunta por qué es importante hablar acerca de la pérdida de un bebé. Para los padres que han sufrido esta experiencia, la respuesta es sencilla. No se habla de una pérdida, sino de nuestros bebés. No compartimos con otros para buscar consuelo. Compartimos porque el amor no se acaba cuando se acaba una vida, y el ser padres tampoco se acaba porque un hijo ha fallecido.

Que se haya perdido a un hijo en la primera etapa de un embarazo, o hacia el final, en el parto, la infancia o la niñez, ese niño es amado, y sigue siendo parte de la familia.
Hablar – con delicadeza – sobre la pérdida de un bebé ayuda a romper el silencia que ha rodeado este tema durante demasiado tiempo. Ayuda a que otros entiendan que, tras cada historia de una pérdida, hay una historia de amor, y detrás de cada padre y madre dolidos está una persona que, simplemente, quiere que su hijo sea recordado.
El dolor te cambia. Transforma la manera en que contemplas el mundo. Te enseña que la vida es, a la vez, inimaginablemente frágil e inimaginablemente preciosa. Te rompe el corazón y, sin embargo, también lo ensancha, de forma que sea capaz de abrigar, al mismo tiempo, un dolor profundo y un gozo extraordinario.
Es solo cuando tu propio corazón se ha roto con la violencia del dolor, que te das cuenta de cuán sagrada es la vida.
Quiero compartir con vosotros esta imagen de mi familia, que incluye a los cinco que se han adelantado. Y quiero sugerir que, si conoces a un padre o madre que ha perdido a un hijo, hazle saber que su bebé está recordado. Una sencilla palabra, un recuerdo compartido, o el pronunciar el nombre del bebé, puede significar más de lo que podrías imaginar.
Hoy, como siempre, celebro esta hermosa vida, porque ese es uno de los regalos más grandes que me han dado mis hijos. Me fijo en la belleza de una manera más profunda. Valoro los días ordinarios como tesoros. Sin embargo, el espacio que mis hijos han dejado permanecerá siempre, porque son mis hijos, y yo soy para siempre su madre.
Zoe Clark-Coates
